Castro es la primera población cántabra que nos encontramos si venimos desde la costa vizcaína. Y la verdad es que es una anticipo de lo que nos ofrece Cantabria Infinita. No falta la naturaleza salvaje, donde a lo largo de su costa encontramos una preciosa alternancia de acantilados, playas y marismas. Por si fuera poco, sus villas marineras parecen resistirse a perder encanto y su legado histórico, pero a la vez ofrecen al viajero todo tipo de modernos servicios. Castro Urdiales es un perfecto ejemplo de todo esto.
Tras aparcar el Leoncito, subimos a un mirador con unas vistas espectaculares sobre la Iglesia de Santa María de la Asunción y también del Castillo Faro de Santa Ana, ambos encaramados a un peñón. Por ahí el acceso a estas colosales edificaciones era poco menos que suicida y debíamos descender hasta el puerto.
Su nombre parece provenir del romano Castro Vardulies, un asentamiento de Várdulos. En 1163, Alfonso VIII le concede el título de villa, muchos años antes que otras poblaciones de la costa cantábrica incluso antes que la capital Santander.
En el puerto hallamos el ayuntamiento en una plaza porticada bajo la que se alojan gran numero de restaurantes y cafeterías.
La edificación es todo una lección de arquitectura gótica, donde apreciamos elementos típicos del siglo XVIII, como pináculos, arbotantes y contrafuertes. Aterradores y fantásticos seres parecen vigilar el horizonte desde las cornisas.
No menos imponente resulta la edificación del Castillo de Santa Ana. Justificado porque el litoral cantábrico se vio asolado por incursiones constantes de tribus escandinavas que ejercían la rapiña y el pillaje. Actualmente en su terraza se aloja un faro marítimo. El Castillo visto desde distancia parece el puesto de mando de un gigantesco navío.
Junto al castillo se alza un todavía lozano puente medieval, resistiendo los embates del mar y del viento del litoral.
Castro Urdiales por su emplazamiento posee una importante industria naviera documentada desde el siglo XIV. Naos fabricadas en los astilleros de Castro participaron en la reconquista de Sevilla y Cádiz.
Con el descubrimiento de América los comerciantes de la villa se dedican al comercio de ultramar produciendo un resurgimiento de la villa. Quince naves y cuatrocientos hombres se enrolan en la Armada Invencible. En 1796 se abandona el señorío de Vizcaya para incorporarse a la provincia de Cantábria.
Lógicamente otra de las principales actividades económicas de la zona ha sido la industria pesquera, y en la época moderna otro sector en alza ha sido el turismo. Todas las calles parecen ser un hervidero de marisquerías, asadores y cafeterías.
La calle Ardigales, paralela al paseo marítimo, es la arteria vital del casco viejo, donde encontramos además de bares y restaurantes todo tipo de establecimientos comerciales.
Siguiendo esa calle desembocamos en la Plaza de la Barrera y junto a ella el Parque de la Música, es una zona romántica donde se hallan edificios señoriales.
La plaza de la Música desemboca en el Paseo Marítimo que nos regala las mejores vistas del puerto.
No sé a ustedes, pero en los enclaves tan paradisiacos como este, me pasa que el reloj avanza a una velocidad asombrosa y aunque Castro Urdiales es un inicio de ruta maravillosos debemos proseguir viaje.























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