La saga Road Rash de Electronic Arts es uno de esos los videojuegos de recuerdo entrañable y por ello no podía faltar un homenaje en esta sección.
Estamos a principios de los 90, jugando con una Sega Megadrive, por lo que no esperéis grandes gráficos o ningún realismo. Conceptos como un buen control sobre el vehículo son meras banalidades, aquí se trata de ir a toda pastilla, sin caerse de la moto o sin que los adversarios te derriben, a través de serpenteantes carreteras de montaña del estado de California. (Grass Valley, Palm Desert, Redwood Forest, Sierra Nevada y la mas revirada Pacific Coast).
A pesar de ello, ahora no me viene a la cabeza otro juego donde la sensación de velocidad, la tensión y por tanto la diversión fuera tan brutal, tal vez por lo estrecho de la pista flanqueada por arboles, señales de trafico, casas, peligrosas intersecciones y por supuesto choques frontales con autos que aparecían súbitamente tras un cambio de rasante.
El título del juego alude a las terrible quemaduras de los moteros producidas por el asfalto tras una caída a gran velocidad de la moto.
El mecanismo del juego era bien simple; carreras ilegales de motos en escenarios diferentes. Empiezas con cuatro chavos en el bolsillo, te haces con la moto más cutre de la tienda y a base de carreras consigues premios en metálico para ir cambiando de montura hasta hacerte con algo decente como la ansiada Diablo 1000 o las de oxido nitroso, mis preferidas pues un toque de gas en las rectas te alejaba de incómodos rivales, o del pesado sheriff de turno.
Para ir subiendo de nivel debías acabar clasificado entre los 4 primeros puestos. A medida que ascendías de nivel las pistas tenían mayor longitud y tráfico, los rivales eran más duros y la presencia policial se intensificaba.
De igual modo las recompensas económicas eran mayores para hacer frente a las reparaciones de la moto, o al pago de las multas en caso de ser arrestado, cosa que ocurría cuando un sheriff te derribaba o te pillaba sin la moto.
Fue tildado de juego violento pues los oponentes intentaban derribarte a puñetazos, o bien armados con cadenas o barras de hierro. Aunque lo inteligente era no embarrancarse en peleas estériles y apartar a los oponentes de un patadón para dejarlos atrás y volverlos a encontrar luego en una taberna del desierto para zanjar rencillas con unas birras.
Mi jugada preferida para deshacerme de los oponentes era empujarlos contra un automóvil en marcha.
La música tenía el dudoso encanto de las melodías machaconas a base de sinte de todas las consolas de 16bits.
La música tenía el dudoso encanto de las melodías machaconas a base de sinte de todas las consolas de 16bits.
Otro fastidio; no había autoguardado y al iniciar el juego debías apuntar los códigos o contraseñas facilitados por la máquina para comenzar en el nivel adquirido.
El Road Rash II sacado en 1992 aportaba la novedad de poder dividir la pantalla y hacer un mano a mano con un colega, ¡la de piques que hice con mi hermano!.








